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Crítica / Criticism

La Piñata No Es Kitsch: Releyendo Lo Popular

Por Xochitl Medrano

Cuando Clement Greenberg formuló su división entre avant-garde y kitsch en 1939, no pensaba en la piñata. Pero su sombra cayó sobre ella de todas formas. Durante décadas, la crítica de arte institucional — anglocéntrica, eurocéntrica, profundamente ansiosa ante lo popular — relegó objetos como la piñata, el retablo votivo, el altar doméstico, al territorio de lo menor, lo decorativo, lo sentimental. Artesanía, decían, con el tono con que se descarta.

El Problema Con "Kitsch"

La palabra "kitsch" nunca fue neutral. Su uso como arma crítica reveló, más que cualquier otra cosa, los límites del vocabulario estético heredado. Llamar kitsch a un velador de La Virgen de Guadalupe no describe el objeto — describe la incapacidad del crítico para leerlo.

Tomás Ybarra-Frausto, en su ensayo seminal sobre el rasquachismo, nos ofrece otro vocabulario. No uno que eleve lo popular al panteón de lo sublime — esa sería otra trampa —, sino uno que reconoce la diferencia de sus operaciones estéticas, de sus lógicas internas, de su relación con la comunidad que lo produce y consume.

"El rasquachismo no es pobreza. Es ingenio. Es la voluntad de hacer con lo que hay y encontrar en eso una dignidad que el mercado no puede vender."

La Piñata Como Sistema Estético

Consideremos la piñata estrella de siete picos — la forma tradicional — como objeto estético en sus propios términos. Primero: su materialidad. Cartón de periódico, engrudo, papel de china. Materiales efímeros, baratos, recuperados. La piñata es literalmente rasquache: construida con lo que hay, destinada a ser destruida.

Pero la piñata no es solo un objeto — es un evento. Su completud estética solo se realiza en la fiesta, en el movimiento, en la participación colectiva y en su propia destrucción. Ningún museo puede capturar eso. Y tal vez esa sea su mayor affront a la institución: su negativa a ser conservada, coleccionada, monetizada.

Los siete picos representan los siete pecados capitales. La figura dentro — frutas, cacahuates, dulces — representa la tentación. El palo con que se golpea: la virtud. Hay toda una teología ahí. Una teología popular, sincrética, mestiza, que ningún catecismo sistematizó pero que millones practican cada diciembre.

Nuevas Herramientas Críticas

La tarea no es reivindicar la piñata dentro del marco del arte contemporáneo. Eso sería otra forma de colonialismo — integrar lo popular a la institución que históricamente lo excluyó, en sus propios términos.

La tarea es más radical: desarrollar marcos críticos que permitan leer objetos como la piñata, el retablo, el altar de Día de Muertos, el low rider, el mural callejero, en sus propias lógicas. Preguntarnos: ¿Qué hace? ¿Para quién? ¿En qué contexto? ¿Qué relaciones sociales produce y reproduce? ¿Qué dice sobre el cuerpo, el tiempo, la comunidad, la muerte?

Esas son preguntas estéticas. Son también preguntas políticas. Y en esa indistinción — estética-política, arte-vida — está la contribución más profunda del rasquachismo al pensamiento visual.


Xochitl Medrano es curadora independiente y crítica de arte con base en Los Ángeles. Escribe sobre estéticas chicanas, arte popular y teoría decolonial.